Digamos ¡Alto! al maltrato de los abuelitos.

La Asamblea General de las Naciones Unidas, en su resolución 66/127, designó el 15 de junio como Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, o del Adulto Mayor. La celebración de este día sirve para que todo el mundo exprese su oposición a los abusos y a los sufrimientos infligidos a una gran parte de nuestras generaciones mayores. Al escribir sobre un tema tan importante en la sociedad actual, circundada por la cultura del descarte o de  la inmediatez, más que un artículo, debería ser un Manual de uso obligatorio en la convivencia social. Sin embargo, es cierto también que de nada servirían un compendio de reglas sin hacer caer en conciencia sobre la situación de quienes no merecen menos que el amor que dan: los abuelos.

En el mundo global, van en aumento los pasos agigantados que se dan para aprobar leyes inhumanas como la eutanasia. Prevalece la ley del descarte, del uso, de la productividad, donde los más afectados son los vulnerables, y entre ellos, mayoritariamente los ancianos. Aquellos seres humanos que son parte fundamental de la historia, de la constitución de la sociedad, por su valioso aporte al acervo cultural, al semillero de fe, a los valores familiares y sobre todo, al soporte fundamental de las generaciones futuras con su experiencia.

Pero irónicamente, estas piezas esenciales de la estructura social, en la cultura actual pasan por grandes estorbos. En un contexto más particular, es común observar cómo el cuidado de los abuelos se constituye en una pesada carga para los hijos, bajo el argumento del poco tiempo disponible para cuidarlos, ya sea por el cumplimiento del trabajo, de proyectos, de responsabilidades o del plan de vida, donde no hay lugar para quienes les concedieron la oportunidad de vivir.

Es así como la mayoría de los abuelos son confinados a una casa de reposo o asilo para ancianos. O peor aún, sufren otra forma constante de maltrato,  que es el trato humillante y excluyente recibido dentro del grupo familiar, en la medida en que van desapareciendo las facultades de los sentidos, del intelecto, las destrezas motoras y por supuesto, la independencia de los días de la juventud.  Cuando necesitan del cuidado y atención que otorgaron siempre, resulta triste que no haya quién pueda devolverles la entrega.

“La vejez es un don y los abuelos son el eslabón entre generaciones, para transmitir a los jóvenes la experiencia de la vida y la fe. Los abuelos son a menudo olvidados y nosotros olvidamos esta riqueza de custodiar las raíces y transmitirlas”

Papa Francisco

Aquí es oportuno traer a colación, y como máxima de vida, el pasaje bíblico del libro del Eclesiástico, en el capítulo 3, versículos del 12 al 14: “Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados”. Esta cita bíblica debería estar presente en nuestra mente y rotulada en un lugar visible de cada hogar, para tenerla presente, aplicarla y en consecuencia dar cumplimiento al cuarto mandamiento de la Ley de Dios: honrar a nuestros padres.  

Este mandamiento no  significa otra cosa que apreciarlos, tratarlos bien y obedecerlos. Si los hijos asumimos con empatía y caridad el cuidado de los miembros de la tercera edad, disfrutaríamos de riquezas incalculables, traducidas en el relato de sus historias, en ser objeto de sus deseos de cuidarnos, aunque ya seamos mayores; de sus sabios consejos, la atención y amor brindado a los nietos,  la luminosidad de sus miradas que son un pozo de sabiduría.

 Y si hablamos de tolerancia toca aquí también recordar a San Pablo, «sean humildes, amables, comprensivos, y sopórtense unos a otros con amor” (Ef 4, 2). Porque algo sí debemos tener claro y seguro, así como tratamos a nuestros padres y abuelos, seremos tratados por nuestros hijos y nietos. Ese reflejo será copiado por ellos, y cuando ya estemos en el ocaso de nuestra vida, este será el trato que recibiremos. Finalmente, cuando se acerca su partida, hay otra oportunidad maravillosa de honrarlos, de gratificarlos por toda la vida misma que nos donaron, y es en la enfermedad, en el duro lecho,  la dura prueba, cuando ofrecemos este sacrificio como oblación al Señor por el don de sus vidas.

Lic. Maygualida Maldonado de Polanco

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