
Homilía del Excmo. Mons. Elieser Antonio Rivero Barrios,
Obispo de San Fernando de Apure,
Eucarístía de Acción de Gracias con motivo del Día del Médico Venezolano.
Santa Iglesia Catedral de San Fernando, 10 de Marzo de 2026.
“Desde el punto de vista ético, el cristianismo va a introducir dos nociones antropológicas, ambas radicalmente cristianas e innovadoras: la idea de la doble condición “personal” y “espiritual” del hombre —ya existente en los textos evangélicos, siquiera sea de forma implícita y afirmada con mayor claridad en los textos paulinos— y una concepción del amor hacia él, fundamentada en el “amor a la persona”.
La idea del amor que aporta el cristianismo no excluye la visión helénica del amor (“amor a la naturaleza” y eros o “amor de perfección”), sino la adición del “amor a la persona”. Cuando el cristiano ama al otro como “prójimo” le ama a la vez como se ama a sí mismo, como si su prójimo fuera Cristo y como si él mismo fuese el propio Cristo y en la unidad de estos tres momentos del acto amoroso consiste el “amor de caridad” o ágape. El amor cristiano al prójimo, en suma, es a la vez eros o “amor de perfección” (ascensión del amante hacia la perfección religiosa de su propia persona) y ágape o “amor de efusión” (entrega amorosa del que ama a la mitigación del menester ajeno)”. [1]
El ejercicio de la medicina para el cristiano es sin duda un reto, pero partiendo del doble aporte que el cristianismo ha dado a la ética médica los profesionales de la salud y muy especialmente los médicos, tienen una espléndida iluminación para llenar de evangelio todos los espacios de sus lugares de trabajo y de su servicio.
De hecho, el ejercicio de cualquier profesión no debe estar desvinculado de la fe. La condición de creyente debe ser el principal estímulo de todo cristiano en el ejercicio de su trabajo, pero de modo especial en aquellos que tienen como principal objetivo promover y defender la vida humana, desde su concepción hasta su muerte natural.
El médico cristiano es acompañado por la divina revelación y por el magisterio de la Iglesia de tal manera que dejándonos iluminar por la verdad de Cristo podamos levantar la antorcha de la fe y la caridad en cualquier espacio.
Es importante detenernos en este doble aporte que el cristianismo ha brindado a la medicina. El primero el concepto de persona, que se desprende de su condición positiva de ser creados a imagen y semejanza de Dios, lo que hace que el ser humano, solo en cuento criatura, posee una dignidad que lo coloca por encima de cualquier exigencia mezquina o egoísta de la búsqueda de intereses particulares.
Es esa dignidad inviolable, irrenunciable, intransferible, la que hace que el hombre sea sujeto de derechos que son reconocidos, no concedidos por el Estado ni ningún ente, y que éstos sean respetados, promovidos, defendidos, exigidos ante cualquier instancia nacional e internacional.
El derecho a la medicina no es entonces fruto del reconocimiento de alguna autoridad, como si fuera posible elegir entre uno u otro. Sino que toda persona humana va atendida, cuidada, ayudada, sanada y en fin reincorporada a la vida social.
Es función del Estado garantizar el libre ejercicio de este derecho humano, el derecho a la salud, sea pública o al menos garantizando los mecanismos que permitan a todos los individuos entrar en posesión y libre ejercicio de sus derechos.
De tal modo que entre el Estado y el individuo se encuentra el médico como servidor de la vida y como sanador.
Este proceso sanador nos llevará a tomar en cuenta el segundo aporte que el cristianismo ha dado a la ciencia médica. El ágape, es decir, la caridad, es descubrir en el otro un hijo de Dios, un hermano, el mismo Cristo.
Mateo 25, 40 recita: “lo que hicieron al más pequeño de mis hermanos, lo hicieron a mí” y este versículo nos invita a considerar que todo acto de bondad hacia los más vulnerables es considerado como realizado al mismo Cristo.
El médico cristiano debe considerarse afortunado de poder servir al Señor en el hermano. Reconocerse útil en el mitigar el dolor, el sufrimiento, en el otro. Y no desde una visión meramente filantrópica, sino movido, animado por su fe y la caridad de Cristo que llena su vida entera.
Para lograr esto es necesario que exista unidad de vida en todos los cristianos, es decir, el médico es médico dentro del hospital o clínica, como dentro del supermercado o en la iglesia. Unidad de vida que nace del sabernos también nosotros hijos de Dios que buscan la santificación personal en todo momento.
Estamos todos llamados a la santidad y desde esta vocación, responder con alegría y perfección en el trabajo profesional.
El modo más inmediato de santificarnos que conocemos es la participación fructífera en la Eucaristía, pero podemos decir que, luego de la Misa, nuestro altar es el ambulatorio, el hospital, el quirófano y el cubículo de emergencia.
San Josemaría Escrivá de Balaguer decía: “En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…” [2]
De tal manera que el cristiano une su vida a la de Cristo y convierte su trabajo profesional en un altar desde donde se santifica y sirve a su prójimo con amor (ágape) y alegría.
Estamos llamados a más, a hacer el bien, como diría San José Gregorio Hernández que no fue un médico simplemente, sino un gran humanista, un gran ser humano que llenó del evangelio y propagó bondad en nombre Cristo toda su vida y la vida de los que tenían contacto con él.
José Gregorio fue, podríamos decir, un hombre completo, un hijo de Dios que tuvo unidad de vida y que, sabemos todos, aportó para la modernización de la medicina y que como investigador, como médico, como docente fue un gran promotor del derecho a la salud de todos los que llegaron a tener contacto con él.
Sabemos también que antes de José Gregorio y después de él existieron y han existido grandes galenos que se han abierto un lugar especial en el corazón de los venezolanos y que también han aportado a la promoción y defensa del derecho a la salud de este pueblo.
Invito a todos, queridos médicos, en esta acción de gracias, a elevar nuestros corazones agradecidos a Dios e implorar su gracia para que todos podamos descubrir y poner en práctica esta doble dimensión o aporte del cristianismo a la ciencia médica.
Por un lado, el amor helenístico (eros) que busca la perfección, reconociendo en el otro una persona, sujeto de derechos; y luego dar el paso más elevado de descubrir a Cristo presente en el enfermo, y también en el cuidador, de quien casi nadie habla, y entre los cuales se encuentran ustedes queridos profesionales de la salud.
Pido al Buen Dios que sean reconocidos los esfuerzos de todos los médicos en Venezuela y que una justa remuneración por sus servicios sea también un estímulo para seguir entregando el corazón en lo que hacen.
Culmino citando la letra de aquella hermosa canción compuesta por Fito Páez, argentino, y que la cantautora Mercedes Sosa interpretó de modo extraordinario: ¿Quién dijo que todo está perdido? ¡Yo vengo a ofrecer mi corazón! … No será tan fácil, ya se que pasa, no será tan simple como pensaba, como abrir el pecho y sacar el alma Una cuchillada del amor. … Como un documento inalterable, Yo vengo a ofrecer mi corazón.
[1] Ángel Fernández Dueñas, Académico Numerario, CRISTIANISMO Y MEDICINA, Boletín de la Real Academia de Córdoba. BRAC, 165 (2016) 475-484
[2] San Josemaría Escrivá de Balaguer, “AMAR AL MUNDO APASIONADAMENTE”. Homilía pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967.


