
Homilía del Excmo. Mons. Elieser Antonio Rivero Barrios,
Obispo de San Fernando de Apure.
HOMILÍA – PRIMERA MISA PONTIFICAL
Santa Iglesia Catedral de San Fernando de Apure, 22 de Febrero de 2026.
1er. Domingo de Cuaresma
Comenzar mi ministerio episcopal con la cuaresma es una hermosa oportunidad que el Señor nos brinda. La cuaresma como tiempo de conversión. Como tiempo fuerte que nos invita a hacernos uno con Dios a través de la oración y el hermano.
Así vengo entre ustedes. Con un corazón bien dispuesto. Alegre por haber respondido al llamado de Dios, pero consciente de mi pequeñez, aunque confiado en la gracia que nos es concedida y que califica al que es enviado.
Como Jesús estamos invitados a superar la tentación de creernos suficientes para la Obra de Dios (que es la propuesta del diablo). Nadie es suficiente. Todos debemos caminar en puntillas para no hacer ruido. El Espíritu de Dios es silente. Jesús responde con un corazón indiviso: “¡¡Solo al Señor tu Dios adorarás!!”
Que nuestras limitaciones humanas sean solo eso. Humanidad. Una humanidad que puede y debe ser levantada por la gracia. Esa gracia divina que santifica, transforma. Que hace posible el perdón, la reconciliación, el crear lazos nuevos, el ser puentes de esperanza.
Seamos signos de esperanza en un mundo que nos observa. Que nos interpela. Y recordemos que, como nos lo señaló el Papa León, “¡¡No importa ser perfectos, pero es necesario ser creíbles!!” (León XIV, Homilía de la Ordenación sacerdotal, 31 mayo 2025).
Así, queridos hermanos, me presento en esta que, desde ayer, es mi catedral; el lugar desde donde estoy llamado a santificar, pastorear y enseñar a la Iglesia que peregrina en San Fernando. Con humildad y gozo, con esperanza y deseos de servir. No vengo como quien sabe todo. Solo Dios sabe más… Pero, aún así, permítanme dirigir unas palabras sobre algunos temas que considero importantes y que quizás puedan marcar mi servicio junto a ustedes.
SINODALIDAD
La Iglesia ha sido llamada por el Espíritu en estos últimos años a vivir una profunda renovación. Guiada por el magisterio de los Romanos Pontífices, especialmente el Papa Francisco y el Papa León XIV, somos acompañados y testigos de hechos maravillosos que, aunque siempre han estado presentes, hoy constituyen un llamado urgente para encarnar el Evangelio de siempre y dar razón de nuestra fe.
El redescubrimiento de la dignidad bautismal de todos los fieles, fruto del Concilio, implica aprender a caminar juntos en el desempeño de la Misión universal. Allí está uno de los lineamientos que estamos llamados a fortalecer.
Sé que en San Fernando ya se ha hecho un buen tramo de este camino, sé que el presbiterio, la vida consagrada y el laicado realizan esfuerzos importantes con el fin de lograr vivir y hacer vivir la Sinodalidad.
Es necesario reforzar los órganos de participación en todas nuestras comunidades, hasta las más pequeñas y alejadas territorialmente. Que se haga sentir en toda la extensión de nuestra Diócesis que en esta Iglesia Local subsiste la catolicidad, que es más que la simple profesión de fórmulas, es sobre todo un estilo de vida.
Osemos pues entrar sin temor a una nueva etapa conducidos por el mismo Espíritu que ha guiado estos primeros 51 años.
Soñemos con una iglesia donde todos, todos, puedan cooperar, con sentido de corresponsabilidad, y si ya se encuentran estos elementos, entonces afiancémoslos.
El primer responsable del camino sinodal en la Iglesia Local es el Obispo, pero nadie puede hacerlo solo. Digámoslo mejor con el sínodo: “Al que es ordenado obispo no se le confían prerrogativas y tareas que deba realizar solo. Al contrario, recibe la gracia y la tarea de reconocer, discernir y componer en la unidad los dones que el Espíritu derrama sobre las personas y las comunidades” (Documento final del Sínodo, 69). Esto en comunión con los presbíteros y diáconos, en fin, con todo el pueblo fiel.
El Obispo es definido como un pastor que camina con el pueblo de Dios, fomentando la corresponsabilidad, la escucha activa y la comunión, superando el clericalismo. Facilitando el discernimiento comunitario.
Son tareas que no corresponden solo al Obispo. Como he dicho citando el Documento final del Sínodo. Por eso les invito y animo a adentrarnos seguros de la mano de Dios y de la Iglesia. “El del obispo es un servicio en, con y para la comunidad (cf. LG 20)” (documento final del sínodo, 70). No vamos solos.
Por otra parte, es necesario tener en cuenta que “Los obispos también necesitan ser acompañados y apoyados en su ministerio”. (documento final del sínodo, 71).
Quiero ser útil, quiero colaborar con ustedes queridos hermanos. Me pongo delante de todos con toda la disponibilidad posible. Necesito de cada uno. Desde el catequista de la parroquia más lejana, que me han informado se encuentra en Puerto Páez, a más de 3 horas de San Fernando, hasta los más directos colaboradores de la Curia Diocesana.
Vengo, no con todas las respuestas, no sabiéndolo todo, por esto cito nuevamente el sínodo: “Es importante ayudar a los fieles a no cultivar expectativas excesivas e irreales respecto al obispo, recordando que también él es un hermano frágil, expuesto a la tentación, necesitado de ayuda como todos. Una visión idealizada del obispo no facilita su delicado ministerio, que en cambio se sostiene por la participación de todo el Pueblo de Dios en la misión en una Iglesia verdaderamente sinodal”. (Documento final del Sínodo, 71). Aquí estoy. Para ustedes, con ustedes.
Caminemos, avancemos seguros. Confiados. Humildes. Llenos de esperanza. Sabiendo que nadie es suficiente. Solo la gracia nos sostiene.
CONTINUIDAD
Iniciar mi ministerio con y para ustedes me hace consciente del tesoro que he recibido de la Iglesia. No solo de la plenitud del Orden Sagrado, sino también de todo el camino realizado antes de mí.
Un camino en el que Obispos y sacerdotes, diáconos, religiosos y todo el pueblo fiel han colaborado. Recojo lo que otros han sembrado.
Es de buenos hijos ser agradecidos. Por eso reconozco el trabajo pastoral de los Obispos, mis predecesores; Mons. Polachini, Mons. Dávila, Mons. Parra Sandoval, Mons. Pérez y Mons. Torres. Cada uno con su personalidad, pero con una visión de Iglesia que ha proyectado esta porción del Pueblo de Dios con esperanza hacia el futuro. Nuestro presente.
Dentro de ese camino de esperanza y sinodalidad, el Plan Pastoral que esta Iglesia local lleva adelante desde hace algunos años es un fruto del Espíritu que debemos atesorar, cultivar, ejecutar. En esto todos estamos llamados a cooperar con el Espíritu.
En mis primeras palabras al pueblo de Dios que peregrina en San Fernando, pronunciadas el 21 de noviembre del año pasado, día en el que su Santidad, el Papa León XIV me nombró V Obispo de esta Iglesia, les decía que no pretendo ser la única voz.
Pretendo solo seguir los pasos de Cristo y de la Iglesia. De tal manera que podamos caminar en la senda que el Nazareno nos ha señalado. Él, nuestro Nazareno de Achaguas, que es epicentro de religiosidad, nos ayude a aprovechar el surco de espiritualidad que con su Cruz bendita nos ha trazado. De hecho, Él ha abierto surcos delante de nosotros para que podamos caminar seguros tras sus huellas y, con alegría, seguir sembrando su Palabra.
Esas mismas huellas que han seguido los que, durante 51 años, han sembrado para que nosotros podamos cosechar.
PRESBITERIO
Recibo una Iglesia con un presbiterio generoso que se entrega sin reservas al servicio de todo el pueblo fiel. Un presbiterio joven que constituye en sí mismo un motivo de esperanza y de prolongación del anuncio del Evangelio.
Una Iglesia donde el diaconado ha sido valorado y, a la luz del Concilio Vaticano II, llevado adelante sin miedo. Sin vacilación.
Dentro del presbiterio existe una variedad significativa, él alberga dentro de sí sacerdotes venidos de diversos lugares de la geografía venezolana. Al parecer, esto pudiera ser considerado una debilidad, pero sabemos bien que no es así, que la catolicidad no se funda en el origen territorial de los miembros de la Iglesia sino en un corazón universal. Una llamada divina (abierta, universal) que nos hace entender que los regionalismos, incluso los aparentemente hermosos, pueden rayar en una ofensa a la catolicidad que el Espíritu suscita en su Iglesia.
Ese corazón católico ha dibujado este clero. Un clero misionero. Un clero con dificultades, como todo presbiterio, pero un clero que ha demostrado estar dispuesto a aprender a ser llanero. Que ha aprendido a caminar con alegría en medio de este pueblo fiel.
Debemos, sin embargo, no olvidar las recomendaciones que el sínodo da a los presbíteros cuando afirma que: “En una Iglesia sinodal, los presbíteros están llamados a vivir su servicio en una actitud de cercanía a las personas, de acogida y escucha de todos, abriéndose a un estilo auténticamente sinodal”. (Documento final del Sínodo, 72).
Queridos sacerdotes. Gracias por su sí, por su disponibilidad. Les pido simplemente permítanme caminar con ustedes. Estoy aquí para ustedes y quiero ser con ustedes Obispo, padre, amigo y hermano, pero sobre todo deseo ser junto a ustedes un servidor más.
El sínodo recuerda que: “Los presbíteros “forman con su obispo un único presbiterio” (LG 28) y colaboran con él en el discernimiento de los carismas y en el acompañamiento y guía de la Iglesia local, con particular atención al servicio de la unidad. Están llamados a vivir la fraternidad presbiteral y a caminar juntos en el servicio pastoral”. (Documento final del Sínodo, 72).
Promovamos la fraternidad sacerdotal. Una fraternidad que pasa por el encuentro, por el esfuerzo de aceptar lo que nos diferencia con esperanza en lo que nos une. En Cristo, Sumo Sacerdote, ¡Estemos unidos…! Nos une el sacramento que nos mueve a una cooperación fraterna.
Lejos de nosotros alguna animadversión que impida al Espíritu Santo seguir configurando en nosotros la figura de Cristo, el Buen Pastor.
Quiero citar nuevamente las palabras de su Santidad León XIV, “¡¡No importa ser perfectos, pero es necesario ser creíbles!!” (León XIV, Homilía de la Ordenación sacerdotal, 31 mayo 2025).
Vengo entre ustedes como un hermano, deseoso de acompañarlos, escucharlos, conocerlos… el sínodo nos recuerda la urgencia de ese acompañamiento: “Los presbíteros también tienen necesidad ser acompañados y apoyados, especialmente en las primeras etapas de su ministerio y en los momentos de debilidad y fragilidad” (Documento final del Sínodo, 72).
Auguro un camino hecho en sinodalidad. Donde podamos escucharnos, esforzarnos, sacrificarnos y entregarnos sin reserva al servicio de este pueblo fiel que tanto necesita de nosotros. ¡Dios bendiga nuestros sacerdotes…!
VIDA CONSAGRADA
La vida consagrada es un signo maravilloso de las realidades últimas. Desde los inicios de la cristiandad, la Iglesia ha valorado el don de la vida consagrada como uno de los regalos más preciosos.
Valorar, rescatar y promover este signo precioso en la Iglesia Local es una de las tareas más importantes del Obispo. Y dejarse también interpelar por la misma. De hecho, el sínodo nos recuerda que: “La vida consagrada está llamada a interpelar a la Iglesia y a la sociedad con su voz profética. En su experiencia secular, las familias religiosas han madurado prácticas de vida sinodal y discernimiento en común, aprendiendo a armonizar los dones individuales y la misión común”. (Documento final del Sínodo, 65).
Ustedes los religiosos son expertos de sinodalidad. Tienen una contribución especial que hacer al crecimiento de la sinodalidad en la Iglesia. Hoy, muchas comunidades de vida consagrada son un laboratorio de interculturalidad que constituye una profecía para la Iglesia y el mundo. Al mismo tiempo, la sinodalidad invita —y a veces desafía— a los pastores de las Iglesias locales, así como a los responsables de la vida consagrada y las agregaciones eclesiales, para fortalecer las relaciones de modo que se dé vida a un intercambio de dones al servicio de la misión común. (Documento final del Sínodo, 65).
Desde ya, me pongo al servicio de esa misión común. Como hermano, como amigo. Como colaborador.
LAICADO
La riqueza de la Iglesia post conciliar está en el haber redescubierto la dignidad del bautismo que nos hace entender una igualdad fundamental entre todos los bautizados.
Desde esta igualdad fundamental todos cooperamos en la Misión de Cristo a través de la Iglesia. Una igualdad fundamental en la diversidad de vocaciones y carismas que luego nos van ayudando a definir mejor esta cooperación en el anuncio del Evangelio.
“En virtud del Bautismo “el Pueblo santo de Dios participa del carácter profético de Cristo, dando testimonio vivo de Él sobre todo con una vida de fe y amor” (LG 12). Gracias a la unción del Espíritu Santo recibida en el Bautismo (cf. 1 Jn 2,20.27), todos los creyentes poseen un instinto para la verdad del Evangelio…”. (Documento final del Sínodo, 22).
Por este motivo el Sínodo nos pide una mayor participación de los laicos “en los procesos de discernimiento eclesial y en todas las fases de la toma de decisiones”. Pero también es necesario recordar que es en el mundo, y no solamente dentro de la Iglesia, donde los laicos están llamados a impregnar del buen aroma de Cristo todas las realidades de la sociedad.
Necesitamos seguir formándonos. Aprovecho para invitar al laicado a quien agradezco todo el esfuerzo, la entrega, la corresponsabilidad eclesial, a seguir creciendo en esa conciencia de su ser iglesia.
La formación del laicado es imperativa. Debemos saber dialogar con el mundo actual. Un mundo que, como decía al inicio, nos observa. Nos interpela.
Estoy comenzando este camino de servicio con esperanza firme en un laicado que ama a su iglesia. Que está siempre presente. Que se hace sentir.
Sigamos creciendo, sigamos sirviendo.
AGRADECIDO
¡Dios ha visto!, suelo decir. Y eso es lo que he observado en estos días. Una iglesia viva que se ha dispuesto a recibir a su pastor con un corazón gozoso. Ese gozo que experimentamos es fruto del Espíritu.
Quiero agradecer nuevamente a Mons. Alfredo Torres quien ha adelantado todo lo necesario para mi recibimiento. Dios le pague.
Al Clero de San Fernando que tan diligentemente me ha mostrado cercanía y ha trabajado duro a fin de que todo lo logrado estos 3 días sea para la mayor gloria de Dios. Al consejo presbiteral y al colegio de consultores. Gracias.
Al laicado de esta hermosa Diócesis. A todos los miembros de los diversos carismas, servicios y pastorales. A los miembros del CODILA. Dios les pague.
A los seminaristas, ánimo. Dios los ayude a perseverar. A seguir adelante en este camino de discernimiento. Dios los bendiga muchachos. Gracias por el sacrificio de ese largo viaje. Ya les devolveré la visita. Les abrazo con esperanza sincera. Los necesitamos, pero necesario es discernir y recibir su formación en clave sinodal. Rechacen el clericalismo que puede decirse una plaga para la vida de la Iglesia. Aprendan a vivir la sinodalidad. Son nuestra más cercana esperanza.
A los servidores del altar. Al ministerio de música. A los que han colaborado en el ornato de la Catedral. A los que han puesto tiempo, talentos y parte de sus bienes a fin de que este momento sea vivido en profunda espiritualidad. Dios les pague. Dios les bendiga.
Concluyo invocando a nuestros Patronos. Que la Santísima Virgen del Carmen y nuestro querido San Fernando Rey nos alcancen la gracia de cumplir la voluntad de Dios y lograr ser una Iglesia digna del Esposo Divino de las almas. Cristo. A quien sea el honor y la gloria, hoy y por los siglos de los siglos. Amén.


