«La Iglesia nace de una Palabra que la precede». El reto de retomar su primacía.


Compartimos esta ponencia del Pbro. Dr. Manuel José Jiménez Rodríguez. Coordinador Académico del Área de Catequesis del CEFNEC pronunciada en Guadalajara – Jalisco, y que recoje el lo que viene señalado por el Plan Diocesano de Pastoral de la Diócesis de San Fernando de Apure. Una lectura reposada de estas lineas, nos alimentará el fervor misionero y ayudará a mirar con admiración la muy digna Palabra de Dios.


Palabra, Iglesia, evangelización y fe son los cuatro componentes de la presente reflexión. No pueden entenderse el uno separado del otro. La articulación y profunda relación entre ellos lo expresan distintos documentos del Magisterio y la actual reflexión teológica y pastoral. Por poner solo un ejemplo, acudamos al Directorio General para la Catequesis del año 1997. La primera parte recuerda el concepto de Revelación expuesto en el Concilio Vaticano II. Comienza por ello, porque dicha concepción determina y fundamenta teológicamente todo el documento. Los conceptos Palabra de Dios, Evangelio, Reino de Dios y Tradición, presentes en la Constitución Conciliar sobre la Divina Revelación (Dei Verbum), fundamentan el significado de la catequesis. Junto a ellos, añade los conceptos evangelización y fe, y para ellos acude de modo particular a otro documento de gran impacto eclesial: El anuncio del Evangelio hoy de Pablo VI (Evangelii Nuntiandi) (DGC 359)

El título del primer capítulo de la primera parte permite entender la lógica teológica del Directorio, que igualmente inspira la presente reflexión: La Revelación y su transmisión mediante la evangelización. (DGC 39). Esta concepción de evangelización hace que el Directorio, por razones teológicas pastorales, vincule el concepto fe más a la evangelización que a la Revelación, a diferencia del catecismo de la Iglesia Católica que vincula la fe con Revelación. La razón que da es la siguiente: la Revelación llega al ser humano a través de la misión evangelizadora de la Iglesia.

Revelación: “Dios nos primerea”.

Afirma René Latourelle: “La Revelación o la Palabra que Dios dirige a la humanidad es la primera realidad cristiana; el primer hecho, el primer misterio, la primera categoría. Toda la economía de la salvación, descansa en la auto manifestación de Dios. La Revelación es el acontecimiento primordial y decisivo de todo el cristianismo, el que condiciona la opción de fe, como opción humana, libre e inteligente. En teología todo depende de la Revelación divina, todo se refiere a ella, todo se explica a su luz” (Teología de la Revelación, Ediciones Sígueme, Salamanca 1982, 9.)

La Revelación es lo primero. Desde ella se entiende y se explica todo el hecho cristiano. Y si ella funda todo, de la Revelación, de esta Palabra, “nace” la Iglesia, la evangelización y la fe.

Puede explicarse esta acción originante de la Revelación, acudiendo a una expresión del Papa Francisco, que cada vez se vuelve más recurrente en el lenguaje teológico y en los planes de pastoral y de evangelización: “Dios nos primerea”: “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha “primereado” en el amor (cf. 1 Jn 4,10)”. (EG 24).

Es clara la relación entre Revelación o Palabra e Iglesia y evangelización. La Iglesia evangelizada y evangelizadora nace de la Palabra y tiene como misión anunciar esa Palabra. Una nueva frase del Papa Francisco ayuda a subrayar lo dicho: “En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «es Dios quien hace crecer» (1 Co 3,7)” (EG 12).

El mismo Papa Francisco no se cansa de repetir unas palabras del Papa Benedicto, porque apuntan al centro del Evangelio: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus Cáritas est, No.1)

Lo primero es el amor de Dios, su iniciativa, su voluntad de manifestarse, su plan de salvación a toda la humanidad. A la base de todo, de la misión de Iglesia y de nuestra respuesta de fe está el amor de Dios. El amor de Dios es lo previo: es el corazón mismo del Evangelio.

Es imposible al leer esta frase y no remitirse a la Constitución dogmática sobre la Revelación del Concilio Vaticano: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (DV 2)

Dios nos ama primero o Dios toma la iniciativa, significa que Dios nos primerea. Y esta acción primera de Dios, es luz para entender toda la opción cristiana.

Cristología de la Revelación y de la Palabra

Al pensar en la Revelación como acción gratuita y amorosa de Dios y como acción de dialogo y de comunicación, no podemos reducir la Palabra al texto bíblico o a la Escritura, con todo y lo importante que es la Biblia en la Iglesia, en su pastoral y en la vida cristiana.

Referente de primer orden para comprender la relación entre Revelación y Palabra es la exhortación apostólica “Verbum Domini” de Benedicto XVI, que trata sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.

Este documento es claro en afirmar que con la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios y con esta exhortación se toca el corazón mismo de la vida cristiana. Pues en efecto, la Iglesia se funda sobre la Palabra de Dios, nace y vive de ella (VD 2)

Tomando el prólogo del Evangelio de San Juan como guía de reflexión, el documento está estructurado en tres partes: Verbum Dei (Dios habla), Verbum in Eclessia (La Palabra de Dios en la Iglesia) y Verbum mundo (La misión de la Iglesia: anunciar la Palabra de Dios al mundo).

En el texto sobresale una concepción de Revelación como dialogo y de la vida cristiana como encuentro. De hecho, la primera parte habla de un Dios que habla e invita a la persona humana a responder con la fe: “La novedad de la revelación bíblica consiste en que Dios se da a conocer en el dialogo que desea tener con nosotros” (VD 6).

Advierte que la Palabra de Dios, el Verbo existe desde siempre. El Prólogo de Juan nos sitúa ante el hecho de que el Logos existe realmente desde siempre y que, desde siempre, él mismo es Dios. Así pues, no ha habido nunca en Dios un tiempo en el que no existiera el Logos. El Verbo ya existía antes de la creación. Dios se nos da a conocer como misterio de amor infinito en el que el Padre expresa desde la eternidad su Palabra en el Espíritu Santo. Por eso, el Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos revela al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él” (VD 6).

Desde esta perspectiva, es también importante otra aclaración más que se hace en la misma exhortación: “hay que destacar ahora lo que los Padres sinodales han afirmado sobre las distintas maneras en que se usa la expresión «Palabra de Dios». Se ha hablado justamente de una sinfonía de la Palabra, de una única Palabra que se expresa de diversos modos: «un canto a varias voces». (VD 7).

En primer lugar, con la expresión Palabra de Dios se hace referencia al “Logos”, al verbo eterno. En segundo lugar se hace referencia al Verbo encarnado en Cristo, a Jesús al revelador del Padre, plenitud de la revelación. Pero siguiendo el documento, encontramos las otras significaciones: son Palabra de Dios la creación, la historia humana, la historia de la salvación, los profetas, la palabra predicada por los Apóstoles, Palabra transmitida en la Tradición viva de la Iglesia y en la Sagrada Escritura (VD 7).

Pero, aunque debemos ser conscientes de que nos encontramos realmente ante un uso analógico de la expresión Palabra de Dios, su significado fundamental es en relación con el Verbo eterno de Dios hecho carne, único salvador y mediador entre Dios y la persona humana. El significado fundamental y desde el cual deben interpretarse las demás formas de entender la expresión Palabra de Dios, es el cristológico: “La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Ga4, 4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad” (VD 11).

La cristología de la Palabra, explica el Cristocentrismo en la revelación, en la evangelización y en la catequesis.

La misión de la Iglesia: anunciar la Palabra de Dios al mundo.

Son muchos los estudios que se ocupan hoy día sobre la evangelización. Todos ellos coinciden en afirmar que la evangelización es la vocación propia de la Iglesia, siguiendo así la famosa encíclica “El anuncio del Evangelio hoy” de Pablo VI (1974). En este texto dicha vocación se explica en razón de la práctica evangelizadora de Jesús y del envío que él hace a sus discípulos. Y esto lo hace usando una fórmula que es clásica en la teología y reflexión eclesial: “Del Cristo evangelizador a la Iglesia evangelizadora”.

Este mismo texto se detiene a describir los estrechos vínculos que hay entre Cristo e Iglesia, Iglesia y evangelización: La evangelización como misión esencial de la Iglesia, tiene su origen en la práctica evangelizadora de Jesús. Nace de Jesús Palabra del Padre y de la Palabra proclamada por Jesús. Nace de la acogida a esta Palabra por parte de la Iglesia. Y nace del envío que Jesús hace a su Iglesia de ir por todo el mundo y anunciar la Buena Nueva.

Más en detalle formula estos vínculos en los siguientes términos: a) la Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los doce; b) nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada por El; c). La Iglesia continua la obra de Jesús mediante la evangelización; d) Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Ella no solo anuncia la palabra, también la escucha; e) la Iglesia es depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada; f) enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores, y los envía predicar el Evangelio no su propia palabra.

Todas estas relaciones entre Cristo, Iglesia y evangelización, se puede resumir acudiendo a una frase de Benedicto XVI en “verbum Domini”: “De la Palabra de Dios surge la misión de la Iglesia” (VD 92). Pues “su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores”. (VD 91). Por eso, la Iglesia no se guarda para sí la Palabra que ha recibido de su encuentro con Cristo. Le corresponde la hermosa tarea de anunciar esa Palabra que ha recibido por gracia.

Ello ayuda a entender mejor otra afirmación que es común en la Iglesia: la Iglesia es a la vez evangelizada y evangelizadora. De este modo se subrayan varias cosas del ser y del quehacer de la Iglesia: a) Cristo evangelizador y evangelio; b) Evangelizada en primer lugar por Cristo, la Iglesia es enviada a evangelizar; d) la Iglesia es evangelizadora evangelizando a los otros evangelizándose a sí misma: en cuanto evangelizada por Cristo, no sólo al comienzo de su misión en la época apostólica, sino a lo largo de toda su historia de evangelización.

Evangelizar y conversión

Decir “Iglesia evangelizada y evangelizadora” en los términos expuestos hace notar algo de lo cual cada vez somos más conscientes como evangelizadores: La piedra de toque de la evangelización es la conversión.

Esta expresión tiene dos significados, ambos usados por Pablo VI. Primero, cuando la Iglesia evangeliza lo hace con la finalidad de llamar y hacer efectiva la conversión de quien escucha la palabra. Segundo, lo que la Iglesia anuncia, y cada bautizado en ella, es su propia acogida y conversión a la evangelización recibida de Cristo.

Sobre la unidad anuncio y conversión “Evangelii Nuntiandi” es muy claro al hablar de la conversión como finalidad de la evangelización. Recordemos algunas frases suyas: a) Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad”; b) Cuando la Iglesia evangeliza “trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de la persona humana, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos” (EN 19); c) Al anunciar la Palabra la Iglesia busca “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (EN 19); d) “Lo que importa es evangelizar – no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad hasta sus mismas raíces – la cultura y las culturas del ser humano” (EN 20); y e) “Efectivamente, el anuncio no adquiere toda su dimensión más que cuando es escuchado, aceptado, asimilado y cuando hacer nacer en quien lo ha recibido una adhesión al corazón. Adhesión a las verdades que el Señor en su misericordia ha revelado, es cierto. Pero más aún, adhesión al programa de vida – vida en realidad ya transformada – que él propone. En una palabra, adhesión al Reino (…) Tal adhesión, que no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado, se revela concretamente por medio de una entrada visible, en una comunidad de fieles” (EN 23)

Por estas palabras se advierte la profundidad, la integralidad y la radicalidad de la conversión que, como respuesta animada por el Espíritu, se da al anuncio de la Palabra. Conversión que, de modo breve, se sintetiza en la expresión “adhesión a Jesús y a su proyecto del Reino”. En palabras del Directorio General para la Catequesis: “la fe cristiana es, ante todo, conversión a Jesucristo, adhesión plena y sincera a su persona y decisión de caminar en su seguimiento” (DGC 53).

Si la conversión es la prueba de la verdad o la piedra de toque de la evangelización, ella cuestiona en profundidad muchos modos contemporáneos de vivir la fe, de asumir el bautismo, de anunciar, de ser Iglesia y de hablar de Dios. Una pregunta podría ayudarnos para pensar en ello. En el decir del padre Cantalamesa: “Qué es lo que en realidad creen los cristianos creyentes en Europa y en otros lugares? La mayor parte de las veces creen en la existencia de un ser supremo, en un creador; creen en algo que existe más allá del universo visible y más allá de la muerte. Esto es fe religiosa, pero todavía no es fe cristiana, que es la que tiene como objetivo específico la persona de Jesús” (Discurso de apertura en la conferencia internacional Alpha. La fe que vence al mundo”, Alpha internacional, Deerfield, 2005).

Para el caso de América Latina, por qué no leer a luz de lo dicho sobre la conversión, su alcance, sus dimensiones y sus exigencias, la siguiente frase de Aparecida que describe la situación de bautismo sí, pero no de conversión muchos de los católicos del Continente: “No resistiría los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de la verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados” (DA 12)

La conversión cuestiona también muchas prácticas de pastoral, de catequesis y de educación en la fe. De hecho, hay muchas prácticas educativas en la Iglesia hoy que no educan a la conversión a Cristo y su proyecto del Reino, a la eclesialidad de la fe, a creer eclesialmente. Prácticas pastorales o evangelizadoras que pueden alimentar cierta religiosidad, diversos modos de creer en Dios, pero que no necesariamente educan a creer en Dios en la Iglesia.

Muchas prácticas pastorales ofrecen imágenes inadecuadas y deformadas de Dios, con las que se alimenta el egocentrismo religioso, el infantilismo religioso, la superstición y la concepción de Dios como el tapagujeros. Otras desarrollan formas de fe individualistas, subjetivistas y poco eclesiales. No faltan prácticas que generan y alimentan una fe impersonal. Son prácticas que siguen dando por supuesta la conversión como adhesión a la persona de Jesús. Otras se organizan a partir de una comprensión desencarnada de la fe. Su formación más que moral es moralizante. Y finalmente una gran limitación: la fragilidad o debilidad de las comunidades cristianas para suscitar, iniciar y acompañar de modo permanente la fe y la conversión.

La conversión en todas sus dimensiones, personal, pastoral y de estructuras es asunto de primer orden hoy en la Iglesia. Para nosotros en América Latina referente último y fundamental son las conclusiones de Aparecida. Y qué decir de la exhortación del Papa Francisco la Alegría del Evangelio.

Las expresiones “recomomenzar desde Cristo”, “reencontrarse con Cristo” o “encontrarse con Cristo” son las más comunes, vitales y evangélicas para hablar de la conversión en todos estos sentidos y para entender la situación de una vida y de una Iglesia en permanente conversión. Pues si todo comenzó a partir de un encuentro con Cristo Palabra y su Palabra, toda renovación es un continuo y constante encuentro con Cristo Palabra y su Palabra.

Estos reiterados llamados a la conversión, para que no se quede en cambios o renovaciones de forma pero no de fondo, exigen que seamos conscientes de la relación estrecha entre Palabra y testimonio cristiano, tal como lo subraya Benedicto XVI en “Verbum Domini”: “es importante que toda modalidad de anuncio tenga presente, ante todo, la intrínseca relación entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio cristiano. De esto depende la credibilidad misma del anuncio. Por una parte, se necesita la Palabra que comunique todo lo que el Señor mismo nos ha dicho. Por otra, es indispensable que, con el testimonio, se dé credibilidad a esta Palabra, para que no aparezca como una bella filosofía o utopía, sino más bien como algo que se puede vivir y que hace vivir (…) Quienes encuentran testigos creíbles del Evangelio hacen constatar la eficacia de la Palabra de Dios en quienes la acogen”. (VD 98).

El reto: dar primacía a la Palabra de Dios.

La Iglesia debe darle primacía a la Palabra de la cual nace, vive y proclama. Primacía a la Palabra que, si bien incluye todo lo relacionado con la importancia y centralidad de la Escritura en la pastoral y en la espiritualidad, tiene que ver con algo más, desde lo cual incluso se explica dicha centralidad e importancia de la Biblia en la Iglesia.

Por primacía de la Palabra se entiende el asumir que la Iglesia nace de una Palabra que la precede. Es enviada por esa Palabra. Anuncia esa Palabra. Y vive del encuentro con esa Palabra. Dicha Palabra es por lo mismo para la Iglesia y para cada creyente en ella, principio fundante, principio de identidad, principio de crecimiento, principio de discernimiento y principio misionero (Cf. Merlos Arroyo FRANCISCO, teología contemporánea del Ministerio Pastora, Universidad Pontificia de México y Palabra ediciones, México 2014, 214).

Dar primacía a la Palabra en el hoy de la Iglesia significa dar primacía a Dios en su vida, en el anuncio, en sus estructuras, en sus decisiones. Desde ángulos distintos al teológico esto es lo que se le pide a la Iglesia si quiere ser creíble y participar en el debate de la sociedad plural actual. Por ejemplo la filósofa Adela Cortina se pregunta que le puede ofrecer el cristianismo a la sociedad de hoy. Y ella misma responde desde lo que considera la identidad del cristianismo: “Lo suyo es anunciar que Dios existe y tratar de hacer patente que es una buena noticia (…) Un Dios personal, activo, que lleva la iniciativa en dirigir la Palabra, que interpela a los seres humanos y les anuncia que los cojos andan, los ciegos ven, a los pobres se les anuncia la buena noticia, la felicidad es accesible a los seres humanos, la injusticia no es la última palabra”. (El futuro del cristianismo en una sociedad plural, en Diego Bermejo – editor -, ¿Dios a la vista?, Dykinson, Madrid 2013, 505-519)

FUENTE: www.nuevaevangelización.com

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